Un tío que no aporta en un equipo no estorba. Un tío que resta sí.

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Un tío que no aporta no impide que los demás brillen. Un tío que resta sí. Básicamente porque obliga a los demás a poner su atención en evitar que reste, distrayéndoles de aquello en lo que brillan. Si no brillan no dan el máximo y si no dan el máximo, apaga y vámonos.

Todos podemos llegar a restar en algún momento. Pero si vemos que estamos frenando al resto del grupo con nuestra forma de ver las cosas o con nuestra manera de actuar deberíamos hacer dos cosas:

  1. Quitarnos de en medio y dejar que el grupo avance sin nosotros.
  2. Asumir que, aunque creamos tener razón (y posiblemente la tengamos), estamos en un grupo compuesto por más personas que opinan diferente a nosotros y que tenemos que ponernos a remar en la misma dirección que ellos si queremos que el grupo avance.

Un grupo es como un ser vivo: tiene intenciones, deseos, objetivos. Las intenciones de ese ser vivo se conforman a partir de las intenciones de cada uno de sus integrantes. Pero acaban predominando las de la mayoría (o las de aquel grupo más pequeño que tenga más fuerza).

Si el grupo en el que estamos resulta que tiene unos objetivos, intenciones y deseos diferentes a los nuestros debemos respetarlo. Si no lo hacemos frustraremos al grupo y a sus integrantes, impidiendo que alcancen su objetivo y, por tanto, nosotros el nuestro. No hay nada con menos posibilidades de éxito que un grupo frustrado. Un equipo frustrado no nos aporta, nos resta. Y si nos resta, volvemos al inicio de este texto pero leyéndolo desde el bando contrario.

La pregunta es: ¿Qué prefieres?¿Que se haga lo que tu quieres o que el grupo avance?

Es hora de ser mayorcitos y dejar a un lado nuestros deseos de grandeza. Permite que los demás brillen. Es la única manera de conseguir que tú brilles. Si ellos brillan, seguro que tú brillas con ellos.

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