Desprenderse de lo que no sirve

Desprenderse de las cosas
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Tiempo de lectura: 4 minutos

La Vida, a veces, nos pone contra las cuerdas y nos obliga a aprender sus lecciones. – Es por tu bien. – Nos susurra. Aún así, nos resistimos y queremos escaparnos de la emboscada, pero no podemos. Allá donde vamos nos encontramos con la dichosa lección. Tenemos que aprender por narices.

Me encuentro en uno de esos momentos. Es como si estuviese sentado en un pupitre del colegio y no pudiese levantarme hasta que no aprenda lo lección. Yo pensé que ya pasó aquella etapa. Pero parece ser que mientras haya vida seguiré teniendo que enfrentar la situación. Uno ya no es un niño y estas cosas cada vez molestan más.

En esos momentos, siento que la vida aprieta y aprieta, hasta llevarme a un estado de saturación tal que no me queda más remedio que entender lo que quiere enseñarme. Me decido entrar por el aro. Dejo de resistirme. Pero, rápidamente, me doy cuenta de que no puedo atravesarlo: no quepo. Llevo mucha ropa y muchos bártulos.

Recordaba el dichoso aro un poco más ancho… Me pareció que la última vez iba más holgado. Sea como sea, si quiero pasar, tengo que quitarme algo de encima.

Venga, vamos allá. Todo sea por avanzar… A ver… ¿Qué dejo?. Pufff… No sé… ¿Mi estilo de vida? No hombre, no. Me define. Eso no lo puedo dejar. ¿Mi meteórica carrera? ¡Jamás! Si renunciase a ella sería un fracasado. ¿Mis puntos de vista? ¡No! Si los perdiese no tendría a qué agarrarme. ¿Mi destino? No, no, no. ¡Eso sí que no! ¡La vida tiene una misión para mi y tengo que cumplirla!

Parece ser que hay otros que tienen que pasar por el mismo aro que yo y mi indecisión está provocando una fila inmensa. Como cuando quieres salir de un parking y no se levanta la barrera porque la máquina no ha leído bien el ticket. Echo un vistazo para atrás, a ver si los que están esperando están muy molestos. No. No parece.

Tras mirar a los otros, llego a la conclusión de que, al fin y al cabo, lo mío no es tan grave: hacia la mitad de la fila veo un tipo que viene con una bolsa cargada a la espalda que es el doble de grande que él. Ese lo va a tener chungo para pasar por un aro tan estrecho…

Se acerca un señor y, con ánimo de aligerar la fila, me dice: – Cuanto más sueltes ahora más fácil te resultará el trayecto que te espera. Me han dicho que hay bastantes montañas… Ir cargado te puede perjudicar.- Se va. Así como si nada. ¡Como si fuese tan fácil! ¡Ya me gustaría verle en mi lugar! ¡Tú suelta, suelta que te irá mejor! ¡Cachondo! Pero… ¿¿qué suelto?? ¡No es tan fácil!

No lo veo claro… Me gustaría pasar al otro lado. Sé que tengo que hacerlo. Pero si dejo algo no seré el mismo y me sentiré más indefenso. ¿Una etapa nueva con menos recursos? Es un poco de locos…

Sigo generando cola. Sufro por el de la bolsa de dos cuerpos. Las debe de estar pasando canutas el pobre. Me empiezo a agobiar. Nadie me ha enseñado a soltar. – Me encantaría poder hacerlo más rápido, pero no puedo- le digo al de detrás esperando una mirada cómplice. Sonríe poniendo cara de circunstancia. En realidad no le importa que no pueda, lo que quiere es que pase de una vez. Yo lo percibo y la presión aumenta.

Aparece otro hombre. Tiene cara de majo. Parece que viene con ánimo de ayudar. Se para a mi lado y me dice: -¿Qué te pesa?-

¿Que qué me pesa? ¡¡Los huevos me pesan!!¡No te jode! ¡Me pesa tu presencia a mi lado tío! ¡Déjame tranquilo! ¡Si estuvieses lejos me sentiría más aliviado!¿No ves el marrón que tengo encima? Obviamente, no se lo digo. Soy una persona educada. No obstante, he de reconocer que el tío me ha hecho pensar. Inmediatamente me han venido a la cabeza 3 ó 4 cosas. Pero… ¿Cómo voy a soltar eso? No puedo. En serio… Eso sería renunciar a mi mismo y no estoy dispuesto. Me ha costado mucho trabajo cincelar a este ser tan perfecto que soy. ¡No voy a tirar a la basura así como así el trabajo de tantos años!

Ya hay 30 tíos esperando. No sé si será normal, pero a mi me parecen muchos. El de detrás mío tiene un careto hasta el suelo y está empezando a cuchichear cosas con los otros. Yo creo que quieren zurrarme. La verdad es que es lo que menos necesito ahora. Una banda de descerebrados queriendo ponerme calentito.

¿Seguro que no quepo? A ver… Voy a intentarlo otra vez… Nada… ¡No hay forma!. Tengo que dejar algo, macho…  Vamos a ponernos serios ya. ¿Qué podría ser?¿Mi necesidad de llevar siempre la razón? No. Al final los demás siempre acaban por demostrarme que están equivocados… ¿cómo voy a renunciar a tener la razón si siempre la tengo? Sería como saber de antemano quién va a ganar un partido de fútbol y apostar al equipo perdedor. No soy tan tonto…

Se acerca otro “sujeto”. Bastante aséptico el tío. Parece que me va a llamar la atención. No es para menos. El tapón está cobrando dimensiones bíblicas. Acerca su cabeza a la mía, así como para susurrarme, y dispara el dardo: -¿Qué no necesitas?-

Doy un paso atrás. Le miro de arriba a abajo con cara de asco. – ¡No necesito quedarme aquí! ¡Idiota! ¿Tú has visto la cantidad de gente que hay esperando? ¡Podríais echarme una mano tú y tus amiguitos en vez de liarme cada vez más! Se va a derramar la sangre en breve. ¿No has visto la cara de esta gente? Cuando me zurren les dices  “qué no necesitan”, que igual te llevas alguna galleta tú también. ¡¡No sé cómo hacer para aprender la dichosa lección!! ¡¡No sé qué soltar para pasar por el dichoso aro!! Siento tanta presión que parece que voy a ser aplastado.-

El gachón, con aires serenos, me suelta: – Eres esclavo de lo que posees. Eres esclavo de la vida que deseas para ti mismo. Esos puntos de vista tan agudos y críticos te esclavizan. “Tu mente privilegiada” te tiene sometido. ¿No te das cuenta de que querer llevar siempre la razón te vuelve un esclavo de ti mismo?-

Le miro impasible, pero percibe una brecha en mi mente y continúa: – Me gustaría preguntarte una cosa: Con esa visión tan perfecta que tienes de la vida ¿qué posibilidades estás dejando de tener en cuenta?Te aseguro que estás viviendo una falacia: te crees que sólo puedes vivir la vida de una manera y eso te hace pobre.  Te sientes cansado y débil porque pasas el día luchando por defender tus principios, por vivir la vida de esa forma ideal. Gastas tu energía vital en ello. ¿De verdad es tan importante? ¿De verdad te crees que vives en un Universo tan poco abundante como para otorgarte una única posibilidad de ser feliz? Puedes perder tu modo de ver la vida. No pasa nada. Encontrarás uno nuevo. –

Sudor frío. Cara de tonto. Y una apabullante sensación de desnudez. Me acaban de matar, pero no veo ni una gota de sangre. Certera estocada la que me ha dado el “sujeto”… A ver cómo respondo a eso… El tipo tiene más razón que un santo. Igual son esos principios lo que me pesa. Igual es que pienso que sólo puedo ser feliz de una forma. Es cierto. Eso puede resultar muy pesado.

Me paso el día peleando, y así no voy a encontrar es Paz que anhelo. Esa pelea se libra en mi Interior y allí donde yo esté, la lucha me acompaña.

No puedo cambiar a los demás. Son como son. Al igual que yo, sufren la misma Batalla Interior. Pero aún así, gasto mis energías en cambiarles. Así me va… Yo no tengo el barro con el que los hicieron. Por tanto, no puedo moldearlos a mi antojo. En cambio, sí puedo moldearme a mi. Tengo la fórmula para obtener de forma infinita el barro con el que moldearme.

El tipo tiene razón: si pienso que la vida me va a dar lo mismo que me ha dado hasta ahora, automáticamente me convierto en un pobre. Lo que he vivido en los últimos 10 años no fue, ni mucho menos, como los 10 anteriores. Casi todo ha sido nuevo. De forma automática pienso que puedo afrontar el siguiente tramo de la vida con las mismas herramientas con las que he atravesado el último. Sí, me han dado un servicio realmente útil. Pero ya no sólo no me sirven si no que además me estorban para seguir avanzando. No sé qué voy a vivir a partir de hoy. Por lo tanto, no sé qué herramientas voy a necesitar. Pensar que sólo puedo disponer de las herramientas que tengo me hace pobre, pues me pone en disposición de vivir lo mismo una y otra vez.  Mi mensaje para el Mundo, en ese caso, es muy claro: no necesito nada más de ti.

Durante esta última etapa los utensilios me han ido viniendo solos, a medida que los he ido necesitando. Unos han caído del cielo, otros los he creado yo mismo. Pero siempre los he tenido cuando me han hecho falta. ¿Por qué ahora iba a ser diferente? Puedo dejar todo lo que me ha traído hasta aquí. Encontraré por el camino lo que necesite.

Puedo deshacerme de mi forma de hablar, de mi forma de mirar. Puedo deshacerme de todos esos pensamientos que surgen cuando escucho. No necesito nada de esto para la siguiente etapa de mi vida. Además, me pesa. Aunque tenga que estar sin hablar, sin mirar y sin escuchar durante una temporada hasta hacerlo de otra forma, tengo que soltar todo eso ya.

Ahora me siento ligero. Como flotando. Veo que surge de dentro de mi un intenso brillo. Creo que ya puedo atravesar el aro…

***

La libertad que nos mendiga nuestra mente es una falacia. La libertad verdadera es la de poder escoger cómo encarar la vida.

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