El puente hacia una nueva vida

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Tiempo de lectura: entre 5 y 7 minutos

Hermes está sentado en su sofá, esa preciada posesión que siempre le susurra las soluciones a sus disyuntivas.

Hoy está tremendamente desconcertado e inquieto.

Siente la boca seca. Hay un ligero regustillo a óxido; es el sabor del estrés.

Una agradable música suena de fondo inundando el ambiente con una atmósfera absolutamente relajante. La luz ámbar del sol de poniente que entra por la ventana calienta su rostro y da vida a las plantas que le rodean.

A pesar de su oleaje interno es capaz de respirar paz, aunque sólo sea una de cada veinte respiraciones.

Hermes se abandona a aquel momento, distrayendo así su atención de sus pensamientos.

Fruto del cansancio provocado por tanta tensión, se sume en un profundo y apacible sueño. Siente como si cayese por un pozo a cámara lenta, quizás para poder disfrutar de la caída sin miedo al golpe.

Tras el onírico descenso, aparece en una selva, justo sobre un camino estrecho, de no más de un par de palmos de anchura y totalmente rodeado por una espesa vegetación.

La densa vegetación automáticamente le pone en alerta. Ese no es su hábitat.

Agudiza sus sentidos para medir los peligros y, como consecuencia, escucha en la lejanía el sonido de varias decenas de feroces animales.

Pero cada vez se escuchan más cerca.

Más y más cerca. Tanto que puede sentir el aliento de las bestias a decenas metros.

Su pulso se acelera, su grado de excitación aumenta, parece como si una manada de salvajes fieras fuese a por él. El miedo le bloquea como si fuese un conejo. El ruido cada vez es más ensordecedor y el suelo comienza a temblar.

Hermes se prepara para lo peor. Cierra los ojos con fuerza y aprieta los puños, sintiendo el sudor de sus propias manos.

De repente, el ruido cesa.

Solo se escucha silencio.

Siente una mezcla de alivio y pánico. Alivio por no haber muerto, pánico por lo que pueda haber pasar. El alivio le empuja a abrir los ojos, pero el pánico carga los párpados con toneladas de peso. Finalmente, el alivio gana, tras un estoico esfuerzo.

Todavía en aquel paisaje onírico, eleva sus pestañas y ve ante sí un puente de aspecto bastante enclenque y peligroso.

A su espalda nota a las fieras. Prefiere no mirarlas, pues sabe que, si les otorga su atención, éstas le atacarán.

Su única salida es ir hacia delante, cruzar el puente.

Hermes no puede ver con claridad qué es lo que hay al otro lado pasarela, ya que una gran nube cubre el otro extremo de ésta. Sin embargo, él tiene la certeza de que lo de allá es más agradable que lo acá; intuye la Perfección tras la neblina.

Cae en la cuenta de algo que le relaja: las fieras parecen grandes y no serían capaces de cruzar el puente. Con certeza, en el débil viaducto estaría a salvo.

Gracias a ese pensamiento decide iniciar el camino.

Antes de pisar la pasarela, se asoma al precipicio y, para su sorpresa, se ve a sí mismo desde lo alto. Si, eventualmente, el puente falla y cae al vacío, volverá exactamente al mismo punto: frente a las fieras. Algo así como un bucle infinito.

Comienza a cruzar el puente con cautela.

Avanza con una creciente confianza, paso a paso.

Se encuentra a la mitad. Ahora está en tierra de nadie.

A un lado, las fieras. Al otro una nube, símbolo de lo desconocido.

Mira la nube y se asusta. ¿Y si hay otras fieras más feroces?

Dirige su mirada hacia los animales del lado que acaba de abandonar: quizás no sean tan malas… A lo mejor se apiadan de él.

En ese momento, el puente comienza a tambalearse. El débil suelo parece resquebrajarse y comienza a sentir que podría caerse.

La nube parece hacerse más densa y entonces es como si los animales se convirtiesen en adorables gatitos entrañables. Pero, es una fantasía. En realidad, son fieras y siguen salivando por la presa que van a atrapar.

Cuando está a punto de abandonarse y dejarse caer, se cruza por su mente un pensamiento: ¿Y si pudiese llegar al otro lado? ¿Y si allá hubiese aquella perfección que imaginó?

Hermes, por su propia voluntad, comienza a pensar que sí se puede, que lo conseguirá y que todo será mejor de lo que imagina. Decide subirse al carro de ese pensamiento para que le transporte al otro lado.

Entonces el puente comienza a robustecerse, el suelo se hace más seguro y la niebla comienza a aclararse, permitiéndole ver atisbos de la Perfección.

Avanza hacia el otro lado y, a medida que lo hace, la nube se va esfumando y ve a las fieras más lejos. Siente que no quiere volver junto a ellas y que lo que quiere es ir al otro lado, tal y como decidió al inicio.

Sí se puede,” se dice a sí mismo.

Hermes supera sus dudas y llega al otro extremo, donde encuentra no sólo lo que esperaba, si no algo mejor.

La Perfección que había imaginado era minúscula en comparación con la que encontró.

Al otro lado, las fieras hacen ruido y todo lo posible para infundirle temor. Pero ya no tienen nada que hacer. Sólo podrán hacerle algo a Hermes si este decide cruzar al otro lado.

En realidad, acabas de leer una metáfora que simboliza algo que te ocurre a diario, cada vez que quieres dejar a un lado tus pensamientos negativos.

Hermes, su protagonista, se encuentra en un puente que simboliza su voluntad. Dicho puente, también podría simbolizar la tuya.

La voluntad es lo que nos sostiene mientras soltamos un pensamiento y nos agarramos a otro. Es el puente que nos lleva hacia una nueva visión. Cuánto más sólida sea esta voluntad y más certeza tengamos de que vamos a pensar diferente, más robusto y confortable será el puente.

Si la voluntad de ir al otro lado es débil, sentiremos la necesidad de volver al punto de partida, con las fieras.

Y si la voluntad desaparece, el puente se rompe y caemos, volviendo junto a las fieras.

Hay ciertos pensamientos que refuerzan esta voluntad, como por ejemplo “sí se puede”. Descubre los tuyos y úsalos para hacer más robusto el puente y desvanecer la niebla.

Si lo haces, si te agarras a ellos, llegarás al otro lado. Si no, debido a tu tendencia de pensamiento negativa, posiblemente no puedas cruzar el puente.

 

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