La culpa la tienen nuestros padres

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Ayer estuve comiendo con un amigo en un restaurante y ocurrió algo de lo más cotidiano, pero que me aportó una valiosa reflexión al final del día.

Lo que pasó fue algo a lo que te expones cuando vas a la típica franquicia y estás acostumbrado a cuidar tu estómago. La comida estaba bastante mala. Pero mala mala… de lo peor que he comido últimamente. Pero me lo comí todo como un campeón…

Una hora después, con una pesadez de estómago digna de una comilona en Ávila con postre, café y copa, me preguntaba por qué razón me habría terminado el plato sin que me gustase. La respuesta fue clara: “porque de pequeño te obligaron a comértelo todo y no dejar nada en el plato”

¡Claro coño! ¡Ha sido por eso! ¡Seré idiota…! ¡¡¿¿Cómo no me habré dado cuenta en el momento??!! Me habría ahorrado un mal rato…

Bueno, esto es un ejemplo de lo que pasa de manera constante en nuestras vidas. Tenemos patrones de comportamiento tan arraigados que los ejecutamos sin darnos cuenta, aún cuando son perjudiciales para nosotros y aún incluso cuando sabemos que son perjudiciales para nosotros.

Párate a reflexionar: ¿cuántas cosas como esta haces en tu vida sin darte cuenta?

El caso es que uno de estos hábitos arraigados desde la infancia no estorba hasta que empieza a limitarnos. Y limita en el momento en el que tenemos un pensamiento del tipo: “Es que no tengo fuerza de voluntad”,  “Es que mira que lo intento, pero nunca lo consigo”, “no sé que pasa pero no lo controlo cuando lo hago”.

Si no te das cuenta de que existe, no podrás vencerlo. Alguien se inventó esta ley…

Si quieres llegar a algún lugar donde nunca has estado antes tienes que hacer algo que nunca antes hayas hecho. Y si no, que se lo digan a este pez:

Imagen

Y, en relación al título, que conste una cosa: mis padres son los mejores del mundo y les estoy tremendamente agradecido por lo que me han dado en esta vida. Sin ellos no sería quien soy.

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