¿Dónde está la alegría de la vida?

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Torcuato es un muchacho alegre, lleno de vida y envidiado por su energía y vitalidad. A la gente le gusta tenerle cerca porque hace que todo tenga un brillo especial. Él no lo hace aposta, de hecho no sabe muy bien cómo lo hace, pero se hace evidente que su presencia llena los espacios que habita. Torquato, a pesar de ser feo como un demonio, tiene un atractivo especial, quizás porque todo el mundo anhela tener esa chispa singular que él posee y que deja destellos de vida.

Petra es una alta ejecutiva con un cabello rubio larguísimo y con una figura despampanante. Es una mujer de éxito que suda dinero y oportunidades, pero que se siente vacía, sin saber muy bien por qué.

Petra va al trabajo en metro, pues puede aprovechar el trayecto para enviar algunos emails desde su iPhone. Todos los días coincide con Torcuato en el anden, se suben al mismo vagón y se bajan en la misma parada. Desde hace varias semanas ella se ha fijado en él. Algo en ese sencillo chico, al que podría doblarle la edad, le resulta atrayente, aunque no consigue acertar de qué se trata. Es como si él, de forma natural, se sintiese como ella anhela.

Sin excepción, todas las mañanas al salir del vagón y subir las escaleras que la devuelven a la ajetreada calle y que la encarrilan a su día a día, ella siente el deseo de intercambiar unas palabras con el muchacho. Presagia que tiene mucho que aprender de él, aunque sus aires de superioridad tiran por tierra recurrentemente la posibilidad del encuentro. Ella, una mujer de éxito hablando con un muchachito que no parece ser nadie… ¡Inconcebible!

Sin embargo, una mañana, tras haber visto la noche anterior una película que hablaba de la alegría de vivir, se decide a entablar conversación con Torcuato. Al salir del vagón, se coloca tras de él y sigue su estela hasta llegar a la calle. Mientras suben las escaleras, Petra se sorprende del cautivante aroma que desprende el muchacho. No se trata de colonia, es como si su propio cuerpo liberase una agradable fragancia.

– Oye chico – dice ella-, ¿tienes un momento?

– Si claro, -responde sorprendido- dígame señora.

– Me gustaría tomar un café contigo, tengo interés en conocerte.

Torcuato duda de las intenciones de la señora, pero rápidamente acepta la propuesta; se trata de una nueva experiencia. La vida le regala la oportunidad de conocer a una nueva persona y no quiere desaprovecharla. Quién sabe qué puede aportar a esa mujer o qué le puede traer ella…

Se dirigen a la cafetería más cercana hablando de todo y de nada y se sientan a charlar:

– Llevo muchos días queriendo hablar contigo, pues me llama mucho la atención tu viveza. Yo carezco de ella y me gustaría aprender de ti.

– Todo el mundo me dice que les gustaría ser cómo yo pero yo les digo que mejor piensen en otra cosa, que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea. – El muchacho ríe sólo con inocencia y sin esperar hacerle gracia a la mujer. Simplemente, sus palabras le han parecido cómicas. – La verdad, Petra,- prosigue Torcuato- no sé muy bien qué es lo que me hace diferente…

La mujer calla aparentando que quiere que el muchacho siga hablando, pero en realidad guarda silencio porque no sabe qué decir. El joven se da cuenta y continúa:

– A veces me paro a observar cómo vive la gente y me entristezco, Petra. Veo robots, seres que actúan de forma automática. Se pierden la Vida, aunque ellos sienten que la están manejando. Veo personas que piensan que van hacia sus sueños pero que, en realidad, están subidas sobre una cinta transportadora que les dirige a un lugar que no les hace felices.

La mujer dirige su mirada hacia la izquierda y ligeramente hacia arriba, buscando analizar si ese es su caso. Se dice que le hace falta un poco de sinceridad consigo misma para responder con éxito a la pregunta que se acaba de hacer. Se resiste a ser franca, pero claudica; si se ha sentado con ese muchacho es para avanzar, no para marear la perdiz. Ella va subida en la cinta transportadora, aunque eso no es ninguna revelación para ella, pues ya lo sabía. La diferencia con las otras veces en que lo ha visto, es que ahora lo ha aceptado.

Prefiere callarse la reflexión que acaba de tener. Total, la cosa es consigo misma… Quiere seguir profundizando en la actitud del muchacho. Busca detalles que le ayuden a entender su filosofía de vida:

– ¿Cómo es tu día a día, Torcuato?

– Como el de todo el mundo, Petra.

– Eso no es cierto. Tú no estás subido en esa cinta transportadora.

El muchacho suelta un suspirillo y dice con apabullante sinceridad:

– Yo escucho a mi Corazón cuando me dice que disfrute de lo que me rodea. Le hago caso cuando me dice que sienta el cariño que me tiene un amigo, en vez de centrarme en los “me gustas” que tienen mis fotos y comentarios en las redes sociales. También cuando me dice que disfrute del trabajo, en vez de trabajar pensando en las vacaciones. Y sobre todo cuando me dice que disfrutar de una simple comida a conciencia es más satisfactorio que zamparse un gran banquete con la mente puesta en otra cosa. Al fin y al cabo, aprovecho lo que tengo frente a mi en cada momento y hago lo que están mi mano para exprimirlo al máximo. Eso, sencillamente hace que me sienta bien. ¿Y tu día a día, Petra? ¿Cómo es?

Foto: Cinta Transportadora Ottawa

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