¿Quieres cambiar el mundo?

¿Quieres cambiar el mundo?
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Muchos de mis clientes acuden a mi con el objetivo de orientar sus vidas hacia algo que les resulte mas satisfactorio. En general, cuando me encuentro con estas personas, dicen que les invade una fuerte sensación de hastío en su día a día, provocada por el hecho de que no se sienten útiles en sus trabajos ni en sus vidas.

-Tengo la sensación de que mi vida no va hacia dónde tiene que ir- dicen.

-¿Y hacia dónde tiene que ir?- les pregunto yo.

Permanecen un rato pensando, mirando generalmente arriba a la derecha, y terminan por decir:

– No lo sé.

Ahí es cuando esbozo media sonrisa, pues sé que estamos a las puertas de a una mina repleta de oro.

Tras algunas sesiones trabajando para entrar a esa mina, todos se dan cuenta de que quieren cambiar el mundo. Y es entonces cuando surge la pregunta mágica: “¿Qué quieres cambiar y cómo quieres hacerlo?” La respuesta, invariablemente, es la misma de antes: “no lo sé”. Pero, en realidad, sí que lo saben. Sólo que no son conscientes de ello.

Todos queremos cambiar el mundo

Probablemente tú, que estás leyendo esto, también quieras cambiar el mundo. Ésta puede ser una tarea descomunal, inmensa, casi imposible. Parece que se trata de algo que sólo pueden conseguir grandes personalidades, parece que son trabajos para seres extraordinarios. Y, desde luego, así es, siempre que cambiar el mundo signifique para ti transformarlo de golpe y en su totalidad.

Aunque cambiar el mundo también puede ser modificar una pequeña parte. El mundo se compone de muchas parcelas y tú eres responsable de una de ellas. Tienes una función en ese proceso de cambio. Una función pequeña pero tremendamente determinante e influyente, tanto que si no la haces se para el proceso. Igual te parece tan pequeña, tan insignificante y te costaría tan poco esfuerzo que no verías diferencia entre hacerlo y no hacerlo. Pero la hay, te aseguro que la hay.

¿Qué quieres cambiar en el mundo?

Sigamos con el diálogo que tengo con mis clientes:

– Entonces… ¿quieres cambiar el mundo?

– Sí, claro.

– ¿Qué quieres cambiar?

– No lo sé.

– Venga hombre (o mujer), ¡claro que lo sabes!

– Que no, de verdad que no lo sé.

– Si de verdad no lo supieses no desearías cambiarlo.

Silencio de unos 3 segundos.

– Eso es verdad…- dicen.

– Ya, ya lo sé- digo yo. -Entonces…¿qué quieres cambiar?

(Y es aquí cuando empieza a brotar el oro)

– Bueno… haría que la gente estuviese más contenta. (Aquí puede ir tu propia respuesta)

-Ah,… ¿en serio? – digo yo fingiendo sorpresa y guardo silencio para que la persona siga hablando.

– Sí, es que creo que si eso cambiase todo funcionaría mejor.

– ¿Por qué crees que todo funcionaría mejor?

– Bueno, pues porque cuando uno está contento tiene mucha más energía y piensa con más claridad. Cuando uno se siente así, parece que todo estuviese en armonía: las relaciones funcionan mejor, se ve la razón por la que ocurren las cosas… No sé uno está más positivo. (Igual que antes, aquí puede ir tu propia respuesta)

En este punto, la postura corporal se modifica: los hombros se echan para atrás, la cabeza se yergue y los ojos comienzan a brillar como dos soles.

Aquí es cuando la persona ha encontrado su campo de trabajo. Si hablásemos de construir un edificio, ésta habría escogido trabajar en ser la persona que motiva a los trabajadores en la obra.

¿Cómo quieres cambiarlo?

– ¡Qué bien que hayas llegado hasta aquí! Pero… ¿Cómo vas a cambiarlo?

– No lo sé.

Yo miro con cara de “no me cuentes historias, claro que lo sabes” y él (o ella) se da cuenta de que usa el “no lo sé” como escudo protector ante preguntas incómodas que le fuerzan a salir de su zona de confort.

– Sí lo sé, ¿verdad?

Yo asiento, reclamando apremiante el oro que lucha por seguir brotando.

– Puff… no sé… Trabajaría en hacer algo que levantase el ánimo de las personas. (Pon aquí tu respuesta)

– Interesante…¿Cómo lo harías? ¿Podrías decirme algo más concreto?

– No sé… Quizás me gustaría hacer que la gente se diese cuenta de que con una sonrisa todo sale mejor.

– Más concreto, please.

– ¡Más concreto no puedo!

– Que sí que puedes…

-¡Que no! ¡que no puedo!

– Vale, pues entonces vámonos a casa.

– ¡Ahora no! ¡que estoy muy cerca!

– Vale, vale. Sigamos entonces… ¿cómo lo harías?

Silencio de 10-15 segundos.

Pues te parecerá una tontería pero… ¡pondría una cafetería y me esforzaría en hacer que la gente saliese de ella con una sonrisa y con ganas de afrontar el día!– enuncia con convicción y desde las entrañas. (No te olvides de dar tu propia respuesta aquí.)

Tras esto surgen sonrisas y una gran sensación de satisfacción en mi cliente. Ha visto el oro con sus propios ojos y, lo más importante, es consciente de que está dentro de él (o ella).

En el símil usado antes, si hablásemos de construir un edificio, esta persona habría escogido ser la persona que recibe con una sonrisa y con una palabra motivante a los trabajadores cuando éstos llegan a la obra.

A partir de este punto, lo más difícil ya está hecho. Entonces comenzamos a trabajar en el plan para llevar a cabo esta tarea.

Pequeños cambios producen grandes modificaciones en el largo plazo.

El sencillo cambio de actitud que puedas hacer hoy, dentro de cien años puede desembocar en una revolución. Cuando hablo de cambiar el mundo con mis clientes también me gusta preguntarles cuándo quieren que su trabajo surta efecto.

– ¿Qué generación te gustaría que disfrutase de ese cambio?- La reacción ante esta pregunta es muy variada. La respuesta, por supuesto, siempre va precedida de un “no lo sé”. Unos se ponen plazos muy agresivos y otros son más laxos, pero tras hablar unos minutos sobre eso, todos concluyen que, en realidad, les da igual cuándo se produzca el cambio, siempre que se materialice.

-Me gustaría que fuese mi generación quien lo disfrutase, pero lo importante es que el cambio cuaje, aunque sea dentro de cien años.- Es la respuesta común a todos.

El ejemplo es una gran forma de cambiar el mundo 

Todos tendemos a imitar aquellas cosas que nos gustan (y también las que no nos gustan). En términos psicológicos se le llama “aprendizaje por modelado” (a partir del comportamiento de una persona establecemos un modelo mental que tendemos a seguir). Tu entorno tenderá a imitar inconscientemente esos comportamientos tuyos que deseen para sí mismos. Y el entorno de tu entorno hará lo propio. Y el entorno del entorno de tu entorno. Y así sucesivamente. Entonces, pasadas decenas de años, tu influencia llega a la gran masa. Tú ya no estás y no te das cuenta de ello, pero ahí está el efecto de tu esfuerzo: has cambiado el mundo.

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