¿Te haces las preguntas adecuadas?

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Hace un par de días comencé a ver la serie Sherlock, en la que se retrata una versión actual del famoso detective Sherlock Holmes. 

El personaje interpretado por Benedict Cumberbatch me fascina por su inteligencia superior. 

Pero no lo hace por su agilidad mental, que también, sino por la manera en la que ordena la información en su mente, la forma en la que estructura sus pensamientos, el modo en que detecta qué le falta para tener una descripción completa de una situación. 

Es asombroso. 

Cuando uno de los miembros de su equipo parece acercarse a sus razonamientos, Sherlock siempre dice: “¡Bien! ¡Comienzas a hacer las preguntas correctas!

Y es que las preguntas son instrumentos para obtener información del mundo en el que nos movemos. 

Un uso correcto de ellas nos abre posibilidades y muchos aciertos. Ahora bien, su uso incorrecto aporta información inadecuada y, por tanto, errores.

Ante una situación cualquiera de la vida cotidiana, la mente siempre tiende a crear una imagen lo más completa posible de lo que nos traemos entre manos. Sin embargo, hay veces que le falta información y no puede formar una representación fiable. 

Entonces nos lanza un aviso, diciendo algo así como: ¡Ey! ¡Para!¡Me falta algo!

La persona inteligente atiende esta señal y trata de buscar lo que falta. 

La persona que no es inteligente obvia dicha indicación y rellena ese espacio vacío, ese hueco, con una suposición, que suele ser errónea.

Por eso las personas inteligentes se hacen preguntas. 

Y por eso las personas no inteligentes creen saberlo todo.

No sé si fue Einstein o qué ilustre fue el que lo dijo, pero alguien una vez expresó algo así como que “tu inteligencia se medirá por la calidad de tus preguntas”.

Gracias a mis años de estudios y experiencia en el trabajo con personas he podido comprobar que la capacidad de hacer buenas preguntas es entrenable. 

Una mente poco afinada, que no ordena correctamente la información y que, por tanto, no detecta “huecos” o vacíos que rellenar, obtiene resultados mediocres. 

Sin embargo, esa misma mente con un entrenamiento pautado y correctamente dirigido puede obtener resultados asombrosos, similares a los de Sherlock.

¿Pero yo puedo llegar a ser como Sherlock Holmes? 

Tampoco nos pasemos… No te vengas arriba…

Sherlock Holmes, aparte de organizar correctamente la información, tenía un intelecto fulgurante, esplendoroso, muy rápido; asombrosamente rápido. Ni el tuyo ni el mío son tan rápidos, así que la respuesta es no. No puedes llegar a ser como Sherlock Holmes. 

Sin embargo, sí que puedes ordenar la información de manera tan eficiente como lo hace él. Y eso ya es un enorme paso que puede marcar una diferencia sustancial en tu vida.

Tanto es así que, donde ahora fallas, puedes dejar de fallar. Donde ahora no ves, puedes comenzar a ver. Donde ahora te atrancas y te bloqueas, puedes comenzar a ir a más allá. 

Puedes hacer mejor tu trabajo, ser más eficiente en casa, ofrecer una conversación más interesante y agradable y poner en práctica todas esas ideas que te pasan por la cabeza. 

Puedes mejorar tanto tu vida como la de los que te rodean. 

Puedes cuidar mejor de tus hijos y educarles mejor, evitar enfadarte con tu pareja y mejorar tu convivencia con tus vecinos. 

También puedes mejorar tu relación contigo mismo, tu autoestima, tus finanzas, tus proyectos personales…

Y todo eso haciendo algo tan simple como entrenar tu mente, aprendiendo a organizar correctamente la información mediante las preguntas adecuadas.

 

¿Cómo hago esto?

Puedes llamarme y contratarme para que entrene tu mente. 

También puedes apuntarte a alguno de mis cursos. 

Pero si no te caigo bien o no quieres gastarte ni un chavo en semejante tontería, puedes comenzar por hacer un sencillo ejercicio. 

Es simple y absurdo, pero si lo haces bien y con ganas, te aseguro que te convertirá en una persona más inteligente.

Este es el enunciado del ejercicio:

Toma cualquier libro que tengas a tu alrededor. Y empieza a preguntarte cómo ha llegado hasta tus manos. 

Trata de ir hacia atrás en el tiempo todo lo que puedas. Llega hasta el momento en que el autor lo escribió. Y, si puedes, ve más atrás todavía. Llega al momento en que comenzó a escribirlo. 

Y ve más atrás; ve hasta el momento en que concibió la idea. 

Y todavía un poco más atrás; ¿cuándo decidió que escribiría un libro?. 

Detalla todo lo posible el proceso mediante el cual ese libro ha llegado hasta ti. Cubre todas las facetas que se te ocurran. Relaciona tantas ideas como te sea posible.

Si prestas atención, te darás cuenta de que cuantos más datos incluyas, más varía tu percepción sobre el libro en cuestión. Pasa de ser una amalgama de papeles con caracteres o algo que merece la pena ser tenido en cuenta.

A medida que vayas repitiendo este ejercicio, te irás dando cuenta de que, de forma natural, tu mente se preguntará más cosas sobre lo que te rodea y, poco a poco, irás haciendo las preguntas adecuadas ya que, paulatinamente, irás siendo capaz de discriminar cuándo hay algo que necesitas saber.

Cuantas más veces hagas este ejercicio, más trabajarás tu capacidad para detectar huecos de información y para hacer preguntas adecuadas. 

Y si esto te parece muy pesado, siempre puedes llamarme para que entrene tu mente. 

Ahora bien, ten en cuenta que, si lo haces, tendrás que hacer este mismo ejercicio, solo que bajo mi supervisión.

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