Vivir en Piloto Automático

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Tiempo de lectura: 4 minutos

El cerebro humano es una máquina tremendamente eficiente. Tiene un mecanismo gracias al cual busca siempre consumir la mínima energía posible con cualquier acción. Cuando repetimos una acción de forma continuada, nuestra mente se esfuerza por esforzarse cada vez menos, hasta el punto que, con una actividad rutinaria, a penas gastamos energía mental.  Es algo así como entrar en modo “piloto automático”. Parece como si se creasen autopistas neuronales con conducción asistida, gracias a las cuales podemos ir más rápido sin a penas gastar combustible.

Imagina un pianista novato. Con sus gafitas y su pelo tazón. Es la primera vez que toca una canción. No tiene a penas soltura leyendo las notas del pentagrama. Consume muchísima energía cada vez que se pone frente a un piano. Es normal, está aprendiendo. Toca las teclas despacio. Tiene que estar pendiente de muchísimos detalles: la nota siguiente, la duración de la misma, el ritmo, poder expresar lo que el autor quería transmitir, etc. Un jaleo para el pobre músico. Pero si lo repite día tras día, día tras día, día tras día, pasado un tiempo, tiene la pieza musical tan dominada que la toca a gran velocidad y sin a penas esfuerzo. S cerebro lanza las órdenes a su mano de una forma totalmente automática.

Otro ejemplo: Supón que cambias de trabajo y, obviamente, tienes que aprenderte el camino para llegar todos los días a tiempo a tu nueva oficina. El primer día te cuesta mucho, incluso te pierdes. El segundo un poquito menos. Recuerdas algunos detalles del día anterior y reaccionas a tiempo para no equivocarte de calle. Aún así, llegas a la oficina “estresao”. El tercer día, te cuesta menos que el segundo pero más que el cuarto. Y así, se van sucediendo los días hasta que, pasado un mes, la tarea de ir de casa a tu nueva ofi se vuelve automática. Tu cerebro ha sido eficiente. Ha convertido esa labor que le encomendaste en algo mecánico, consiguiendo así gastar mucha menos energía que las primeras veces. Lo mágico del asunto es que nuestras “mollejitas” nos han “liberado” de esa tarea y nos regalan una cantidad extra de energía para hacer otra nueva. Decimos entonces que podemos hacer dos cosas a la vez.

Lo que pasa cuando entramos en piloto automático.

Cuando nuestra cabecita (o cabezón, según el caso) entra en modo automático, omite presentarnos todos los detalles a los que prestamos toda nuestra atención cuando hicimos algo por primera vez. Ya no los necesitamos. Sólo nos da la información que es crucial para realizar la tarea con éxito. Sigamos con el ejemplo de ir al trabajo: como han pasado los días y has recopilado datos suficientes sobre cuál es la manera más segura de trazar una curva, en qué lugares hay que estar atentos para frenar porque cruzan niños, etc. la mente dejará de presentarte esa información cuando pases por esos lugares. Tan sólo nos te va a mostrar los obstáculos inesperados. Los otros detalles, se pierden. Porque no los necesitas.

Funcionamos como un reloj. Una máquina perfecta.

Esta es una capacidad maravillosa. Es parte de nuestra evolución. Pero usada en exceso, como todo, se vuelve en nuestra contra: realizamos tantas veces las mismas cosas en nuestro día a día que vivimos una vida en piloto automático. Poco a poco, sin darnos cuenta, le vamos cediendo el control de nuestra existencia a nuestra mente, hasta que llega un punto en el que nos anulamos. Desaparecemos. Nos dormidos. Y no nos damos cuenta de que estamos dormidos. Podemos tirarnos en ese estado toda la vida, a no ser que venga alguien a zarandearnos.

Todo es automático. No lo controlamos. Simplemente pensamos “quiero ir a trabajar”. Y lo hacemos, sin prestar atención a los detalles: nuestro cerebro no nos los presenta.

Podemos llegar a tal punto, incluso, en el que la voluntad de querer hacer cosas acaba por anularse. Siempre queremos hacer lo mismo: cenar en el restaurante de siempre, quedar con la gente de siempre, etc. El cerebro acaba por procesarlo como rutina. No le culpes. En el fondo él no es consciente de lo que está haciendo.

Perdemos muchísimos detalles

Si siempre hablamos igual, el cerebro acabará pillando el mensaje y automatizará la acción. Nos perderemos el placer de poder escoger nuestras palabras.

Si siempre comemos lo mismo, nuestro cerebro también mecanizará la acción, avisándonos sólo si aquello no sabe como siempre. El resto nos lo perdemos. Se esfumarán los matices de los sabores, las texturas, etc. La próxima vez que vayas a tu restaurante favorito piensa en esto cuando pidas el mismo plato de siempre.

Si paseas a menudo por el mismo camino en el campo, tu cerebro dejará de presentarte los detalles. Sólo te avisará si un árbol se ha caído y atraviesa el camino o si un animal salvaje está frente a ti mirándote de forma intimidatoria. Habrás perdido todas esas cosas que el primer día que estuviste por allí lograron engancharte.

Sin que nos demos cuenta se nos escapa la gracia de la vida. Se nos escapa la Magia de los detalles. Se nos escapa la Magia de nosotros mismos.

Tranquilo/a. Hay una solución.

Aquel que quiera disfrutar de la Vida tiene que salirse de estos automatismos. La única forma que conozco de hacerlo es ser consciente de ellos.

Decide volver a tomar en cuenta todos esos detalles que te impresionaron la primera vez. Decide prestarles atención. No hay más. Es así de complicado y así de fácil. Al hacerlo, le estarás diciendo a tu cerebro que te interesa esa información y que, por favor, si es tan amable, te la muestre.

Sólo existe para nosotros aquello a lo que prestamos atención. Y si no te lo crees haz la prueba.

Esfuérzate por hacer las cosas de forma diferente: Cambia el camino para ir al trabajo, conduce  de forma distinta, come con la mano izquierda, levántate cada día a una hora distinta, viaja a sitios diferentes, cambia el color de tus zapatos, tu forma de alimentarte… Hagas lo que hagas, Hazlo Diferente; encontrarás la Magia.

Un besote.

Foto: Young woman in bikini looking out into distance. Caterina Bernardi

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